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La prensa en el Perú

Julio 13, 2017
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C. Alfredo Vignolo G. del V.

Presidente del Tribunal de Honor

del Colegio de Periodistas del Perú 

Siempre y en todo hay excepciones honrosas. Es el caso de la prensa peruana en la  cual, como en otras partes del mundo, existe una innegable crisis. Una mutación peligrosa que se extiende sobre ella; una notoria tendencia comercial la amenaza. Los espacios se venden a quien paga más, restándole importancia a la calidad y a las consecuencias de los contenidos. Irresponsablemente se le da al público ¿Qué clase de público? –lo que le gusta-. En la prensa hay depredadores de lo que podríamos llamar “ecología social”.

Es una lamentable realidad que en muchos casos abochorna y avergüenza. No se debe solamente a periodistas que descuidan su sentido del deber profesional. Tampoco a quienes usurpan sin recato la condición de periodista; ni a los que deshonestamente se llaman o se hacen llamar “comunicadores sociales” porque con audacia y estolidez están en el micrófono o frente a las cámaras de televisión.

La crisis de la prensa deviene también por la actitud de empresarios que suponen que su dinero o la capacidad de financiamiento que tienen es suficiente para manejar a su antojo  un medio de comunicación social que utilizan como un negocio más y no como instrumento de servicio, de cultura, de información veraz ofrecida en forma sensata; de orientación honesta y de entretenimiento decente, sin ordinariez ni recursos ramplones.

Como en toda empresa, las dedicadas a la prensa –cualquiera sea su forma o medio empleado- tienen derecho de obtener ganancias.

El lucro justo y decorosamente obtenido es lícito. Pero es inmoral explotar mercantilmente la desgracia ajena, la vida privada como noticia y la muerte como personaje de primer orden, salvo casos realmente excepcionales.

Asimismo es indigno asumir una línea o aceptarla sumisamente para ocultar información u ofrecer informaciones impuestas, cuya veracidad no consta ni puede ser debidamente comprobada, pero conviene a intereses políticos o económicos de poder. O difundir programas “negociados” que desnaturalizan la finalidad de la prensa y del medio de comunicación al servicio de la sociedad como ocurre con la propaganda política camuflada descaradamente en espacios noticiosos. Se ha llegado al extremo, a nivel mundial, que no parece errado afirmar que estamos bajo el imperio de la imagen en su sentido cabal de ícono, en la que la televisión acapara preferencias y persuade aún sobre lo más insólito, absurdo, disparatado e irreal. ¡Cuánta falsedad ingresa así al conocimiento humano por la puerta falsa…! Se ha ampliado el viejo principio periodístico de que “una foto vale más que mil palabras”. Hoy es lo que se ve y escucha en la televisión, con el agravante de ser mensajes subliminales. Nos referimos tanto a lo periodístico propiamente dicho como al degenerado entretenimiento producido sobre la base carcomida de sodomitas, golfas, granujas y aventureros ladinos.

Hay algunos periodistas y medios de comunicación social que imprudentemente se apartan de sus deberes éticos.

Se vivió en la época del fujimontesinismo cuando se hipotecó la pluma para convertirse en áulicos servidores del autoritarismo, de la prepotencia, de la fuerza obsesiva e irrazonable del poder. Son cautivos los periodistas y los medios de comunicación social que abdican ante bienes cortesanos pasajeros, en vez de ser fieles al fin superior de la prensa: Servir a la sociedad, al ser humano y a la patria, tan necesitada de una defensa cabal, compacta, honesta, sin concesiones, sin desmedro de la soberanía ni ocultamiento informativo.

Hay otra prensa, que avergüenza y entristece a quienes no lo consentimos, es aquel que soportan los que se esconden bajo las faldas de su propio miedo y no se atreven a decir lo que el público tiene derecho a saber,; aquella prensa que tiembla como una frágil hoja al soplo más leve y no se anima a investigar, a descubrir y a denunciar lo que el país, nuestro país, el Perú tiene derecho a conocer, en lugar de ser rehusado y abatido con altivez; y preferir sentarse con dignidad a la mesa vacía y no estirar la mano cual mendigo y agachar la cerviz con deshonra. Como se advierte, la norma ética quedó en el olvido. O se le cubrió de lodo.

Quienes hemos escogido el periodismo como profesión habitual y predilecta tenemos que ser conscientes de haber elegido la profesión más peligrosa del mundo. Tenemos que reafirmarnos en la convicción de que el periodismo es el baluarte por excelencia de la libertad, la democracia, los derechos humanos y los valores supremos de las naciones civilizadas, en las que debe imperar, como necesaria garantía, la seguridad jurídica y el pleno Estado de Derecho.

Los periodistas tenemos el privilegio del deber insoslayable de orientar nuestro quehacer al servicio de una causa que jamás ha de ser postergada ni negociada. Es la causa de la sociedad, es la causa de la libertad, es la causa nacional. Es la causa, en fin, del Bien Común, que entendemos como la juridicidad básica e intocable, sin mácula, que al propender alcanzarla y mantenerla, fomenta un ambiente de seguridad, confianza y bienestar. Bien Común como anhelo sentido por el pueblo, por el país como conjunto humano, social y realidad geopolítica.

Tanto periodistas como medios de comunicación social tienen el deber de informar, orientar y educar inclusive con secciones y programas de distracción que permitan el derecho de apartarse momentáneamente de realidades adversas y entrar a un mundo de recreación que ahora, en su gran mayoría, se brinda en forma torpe, chabacana, inmoral y casi exclusivamente comercializada, lo cual conduce a la anomía, como la más cruel desviación social y sentimental, llegándose a la enfermedad de la desmesura, al malestar interior, a la náusea del ser como ente. Se rebaja así a la persona humana a la condición de medio, humillando con soberbia lo que realmente es: el fin de todo acto humano, el fin a cuyo servicio y bien está lo más perfecto de toda natura.

 

Finalmente permita repetir una de las frases de mi padre: La Prensa no es el Cuarto Poder del Estado sino el Primer Poder de los pueblos libres.

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