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Aquella vez del MRTA y los rehenes

Mayo 03, 2017
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Ese día las redacciones de los diarios del Perú debieron haber convulsionado. Era la noche del 17 de diciembre de 1996 y la internet estaba en pañales en nuestro país. Escuchábamos las noticias de la radio y luego la televisión, que también colmó su programación informativa en base a este suceso trascendental en la historia peruana.

Ese día, martes, me tocó cerrar la edición del diario La Industria, donde trabajaba y, desde Chiclayo, buscamos ofrecer un gran despliegue noticioso a partir de los cables que nos enviaban las agencias noticiosas internacionales, con fotografías incluidas.

No podíamos creerlo. Catorce terroristas del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) habían tomado como rehenes a unas 800 personas, entre diplomáticos, oficiales del gobierno y militares de alto rango y hombres de negocios que asistían a celebrar el 63º aniversario del nacimiento del Emperador de Japón Akihito, organizado en la residencia del embajador de Japón en Perú, Morihisa Aoki.

El ataque colocó al Perú en general y al MRTA en particular en el centro de atención mientras duró la crisis. Los invitados relataron después que los terroristas hicieron un hoyo en la pared del jardín de la residencia del embajador, con una explosión, alrededor de las 8:20 p.m.

Desde allí, algo de nuestra vida periodística cambió. Faltaba solo una semana para la Navidad de ese año y tuvimos que prepararnos para todo al momento de cerrar la edición. Se designa con cierre, a la operación que sirve para dar algo por terminado o acabado. En periodismo, se habla de cierre de edición, para indicar el momento en que ya se han escogido las noticias del día para ser publicadas, tanto en la primera página como en páginas especiales. Las otras páginas debieron haber sido elaboradas con anticipación para continuarse con todo el proceso de impresión.

Pero aquí se trataba de una noticia que aunque no estaba anunciada, siempre permanecía latente para volver a hacerse noticia de este acontecimiento; así que nuestras normales momentos de cierre de edición, a eso de la medianoche, se volvieron expectantes de lo que podría suceder en los minutos siguientes y tuvimos que permanecer hasta las 2:00 ó 3:00 de la madrugada de cada día siguiente, a la espera de lo que podría acontecer.

Fue una de las primeras veces que, o no pasamos Navidad con nuestras familias, o solo acudimos a cenar con ellas y volver al periódico, en la creencia de que en esas noches de celebración cristiana los terroristas se animarían a liberar a todos los rehenes y tendríamos que registrar en nuestro periódico este hecho. Pero nada sucedió. Pasó otra semana y llegó el Año Nuevo y lo mismo ocurrió: nada nuevo y nosotros siempre en la redacción, atentos a lo que pudiera presentarse. Y es que, claro, no nos hubiéramos perdonado si al día siguiente los diarios hubieran publicado alguna novedad que nosotros no la tuviéramos.

Dos miembros de la redacción de nuestro diario viajaron para actuar como enviados especiales: la periodista Milagros Chimpén Asenjo y el reportero gráfico Lolo Ayasta Tenorio, quienes se confundieron entre la multitud de hombres y mujeres de prensa, fotógrafos y camarógrafos del país y del mundo, que cubrían paso a paso el suceso.

La decisión de enviar a Milagros y Lolo se tomó luego que el líder del MRTA Néstor Cerpa, de 43 años de edad, anunciara que liberaría gradualmente a los rehenes que no estuvieran conectados con el gobierno. Durante los meses siguientes, los rebeldes liberaron primero a todas las mujeres y, paulatinamente, a los demás rehenes excepto a 72.

En los días inmediatamente posteriores a la toma, el Comité Internacional de la Cruz Roja actuó como intermediario entre el gobierno y los terroristas. Entre los rehenes se encontraban oficiales de alto rango de las fuerzas de seguridad peruanas. Entre otros rehenes. Alejandro Toledo, más tarde Presidente del Perú, hoy investigado por la justicia peruana. También el congresista Javier Diez Canseco, ya fallecido. Los 24 rehenes japoneses incluían a la propia madre del presidente Fujimori y su hermano menor, Santiago. El sacerdote jesuita Juan Julio Wicht permaneció en cautiverio voluntariamente, a pesar que los terroristas habían considerado su liberación.

Los terroristas interpusieron una serie de demandas. En busca de una solución pacífica, Fujimori nombró un equipo para que conversara con el MRTA que incluyó al embajador canadiense Anthony Vincent, quien había sido brevemente rehén, el arzobispo Juan Luis Cipriani y un delegado del CICR, este equipo estuvo presidido por el entonces Ministro de Educación Domingo Palermo Cabrejos.

En febrero, se informó sobre la existencia de un "plan de intervención" secreto del gobierno, que involucraba la participación de fuerzas militares estadounidenses. El MRTA suspendió las conversaciones con el gobierno en marzo cuando informaron haber escuchado ruidos fuertes provenientes de debajo del suelo de la residencia. Los periódicos peruanos confirmaron las sospechas del MRTA, al informar que la policía estaba cavando túneles por debajo del edificio.

En preparación para el asalto, uno de los rehenes, el almirante de la Marina, Luis Giampietri (más tarde vice presidente del Perú 2006-2011), experto en operaciones de inteligencia y comando, fue provisto de una radio miniatura y se le dieron instrucciones para que advirtiera a los rehenes diez minutos antes de que comenzara la operación militar y les dijera que se mantuvieran lo más lejos posible de los miembros del MRTA.

El 22 de abril de 1997, más de cuatro meses después del inicio de la toma, 140 comandos peruanos, se reunieron en una unidad secreta que recibió el nombre de Chavín de Huántar y montaron un asalto dramático sobre la residencia. A las 15:23, se inició la Operación Chavín de Huántar, que terminó con los 14 terroristas del MRTA muertos. Un rehén (Dr. Carlos Giusti Acuña, vocal de la Corte Suprema) y dos oficiales (Teniente Coronel Juan Valer Sandoval y Teniente Raúl Jiménez Chávez) también  murieron en el asalto.

Al día siguiente volvimos a cerrar normalmente la edición.

 

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