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Aún no se aprende la lección

Abril 26, 2017
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Estando a horas de recordarse aquel 5 de abril en que el entonces presidente Alberto Fujimori disolviera el Congreso peruano a punta de fusil, tanques y gases lacrimógenos, ahora se presenta en Venezuela otro acontecimiento similar –aunque los fujimoristas lo nieguen-.

Más aún, en Paraguay, la oposición sale a las calles e incendia el edificio del Parlamento, harta de engaños y al ver que se busca pasar por encima de la Constitución para lograr la continuidad del mandato presidencial.

Quienes en el Perú hemos pasado por dictaduras, una militar, de la dupla Velasco-Morales Bermúdez y otra civil, de Alberto Fujimori (aparte de las que nos contaron nuestros padres y de la historia no oficial que hemos leído), sabemos lo que representa un tipo de gobierno de esta naturaleza, porque lo primero que cualquier dictadura hace es coartar la libertad de expresión. O los periodistas van presos o se someten al régimen; o bien, en el extremo, aparecen muertos en cualquier rincón o simplemente desaparecidos. Un gobierno de este tipo tiene miedo que a través de los medios se soliviante a la población solo por decir que se está violentando las leyes y toda la Carta Magna.

Hace cerca de medio siglo el mapa político de América del Sur se había plagado de dictaduras militares en todos los países del continente, salvo en Venezuela y Colombia. Posteriormente Venezuela se incluyó en esta excepción.

Existe una vasta literatura al respecto, con una tesis que indicaría que los regímenes militares dejaron el poder, o fueron expulsados de la escena política, porque fracasaron. Después de sus crímenes y de los disparates cometidos en el ejercicio del poder, las dictaduras pretorianas cayeron en un profundo descrédito en la América del Sur.

Pero también se dice que la democracia que ha sobrevenido después de estas dictaduras, representa la victoria del nuevo conjunto de valores políticos en el continente; son los valores de la concertación y el pluralismo, del respeto de las leyes, configurándose así una nueva moderación y civilidad.

Por otro lado –y de acuerdo con la concepción que hace algunos años planteara el estudioso Perry Anderson-, uno esperaría que, allí donde el desarrollo capitalista fuera más avanzado (en términos de grado de acumulación, implantación de industrias modernas, tasas de urbanización, niveles de alfabetismo, tradiciones culturales, etc.), encontraríamos regímenes políticos más representativos, es decir, democracias presidenciales o constitucionales con libertades cívicas y pluralidad de partidos, mientras que allí donde hay sociedades más atrasadas socialmente, con menos preparación cultural y una industrialización más débil o más reciente, probablemente encontraríamos, por el contrario, regímenes más rudimentarios o represivos, tiranías policiacas o militares.

Pero en esta región, las dictaduras más sangrientas y represivas se encontraron en las sociedades social y económicamente más desarrolladas del continente: esto es en Chile, Argentina, Uruguay y Brasil, mientras que las democracias más o menos precarias que se podrían encontrar se localizaban en sociedades menos avanzadas en su parque industrial o configuración, esto es, inicialmente, sólo en Venezuela y Colombia. Después fue en Ecuador y Perú, en que se inició la paulatina evolución hacia una democratización del dominio militar a fines de la década del ’70.

Hoy, sabemos de los crímenes en Chile con la vergüenza para los demócratas chilenos que significó el general Augusto Pinochet, desde el 11 de setiembre de 1973 en que derrocó a Salvador Allende. Sabemos de los crímenes del teniente general Jorge Rafael Videla en la Argentina de 1976; de la dictadura cívico militar en Uruguay desde junio de 1973 hasta febrero de 1985 con  el apoyo del presidente constitucional Juan María Bordaberry; de la dictadura militar en Brasil, que comenzó en 1964 y que 30 años después se extendió hasta 1985 con la elección de Tancredo Neves.

Y no nos referimos a la dictadura peruana que nos cuenta la ficción de “Conversación en la Catedral” de Mario Vargas Llosa, sobre el general Manuel Apolinario Odría; ni a la que refiere la dictadura sangrienta de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, que el mismo Vargas Llosa cuenta en “La fiesta del chivo”, ambas para llorar de impotencia y que son parte de otra historia.

Hablamos, con las de MVLL, de dictaduras también reales, que lastimaron una nación durante muchos años y que siguen lastimando naciones porque a un sector de políticos rabiosos, apoyados por los militares, se les antoja cambiar el curso de las vidas de los países pero a punta de bayoneta.

Es cierto que el contexto de las intervenciones militares violentas en Brasil, Uruguay, Argentina y Chile, en las décadas del ’60 y del ’70 tuvieron como misión primordial la de decapitar y eliminar a una izquierda que no se resignaba al modo de producción capitalista, sino que apuntaba directamente a un socialismo que lo trascendía. Pero la visión de la dictadura fue más allá, comenzando porque los derechos humanos fueron pisoteados desde el inicio; claro, como toda dictadura “que se respeta”.

Creíamos que, luego de lo de Fujimori, América Latina habría aprendido la lección, pero en el camino vimos un Hugo Chávez que bajo el hálito del socialismo bolivariano quería encarnar lo más puro del pensamiento de Simón Bolívar, pero no lo ha podido hacer. Así, al gobierno venezolano la careta se le fue cayendo desde el momento en que no aceptó las críticas y por el contrario las reprendió hasta con el cierre de algunos medios, como RCTv y el encarcelamiento de políticos y de todos los que estaban en contra de Chávez y después Maduro.

¿Que el cierre del Congreso en Venezuela no se parece a la actitud de Fujimori el 5 de abril de 1992? Es igual. Solo los personajes son diferentes. La historia es reciente y todos la sabemos, con sus latrocinios y crímenes incluidos.

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