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Fidel y un Gabo desconocido

Diciembre 11, 2016
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"…Sentados en los sillones de terciopelo rojo del palacio que apenas tres semanas atrás albergaba a Batista, indiferentes a los mármoles, a las arañas de cristal, a los espejos con labrados marcos dorados donde se refleja la luz de las altas ventanas, fatigados combatientes con el pañuelo rojo y negro del 26 de julio al cuello, encienden un cigarro o dormitan con el fusil descansado entre las piernas.

“Todo el mundo entra al palacio como si fuera su casa.

En las escaleras, atestadas, cruzamos al Ché Guevara y a Camilo Cienfuegos que suben con un alegre grupo de soldados del ejército rebelde.

-- A esos hijos de puta habría que fusilarlos— le oímos decir a Camilo al pasar.

Nos hemos sentado en un frágil andamiaje de madera, junto a la tribuna, acribillada de micrófonos, que minutos después ocupará Fidel, de espaldas al palacio presidencial y frente a una compacta rugiente y colorida multitud de un millón de personas que invade la explanada hasta el malecón. Fuera, toda la ciudad es un desierto.

De repente, en lo alto, sobre los tejados, el brillo al sol de un abejorro metálico, sus aspas que rasgan el aire. La multitud se agita delirante, mientras crece el ruido del helicóptero y un inmenso rugido de dinosaurio se alza bajo las palmeras.

-- ¡Fidel! ¡Fidel!

Hay como un oleaje de tormenta, un movimiento sísmico de aquella monstruosa multitud hacia el débil cordón de milicianos que protege la tribuna.

-- Si pasan, esta vaina se desploma— le digo a Gabo, alarmado.

Movidos por un repentino, ignominioso instinto de conservación, nos descolgamos de aquella tribuna como monos de la rama de un árbol y corremos hacia el palacio presidencial.

Apenas enseñamos nuestras credenciales de periodistas, nos abren las enrejadas puertas. Dentro, en una pantalla de televisión, vemos por primera vez a Fidel, que se dispone a hablar.

Fidel, en primer plano, frente a una selva de micrófonos: sus ojos vivos, inquietos, ajenos al delirio que hierve ahí abajo; sus gestos, sus ademanes, la manera como se rasca la barba, como se pone la gorra y se la vuelve a quitar, como avanza hacia los micrófonos una mano que retira al instante, todo es móvil, febril, alerta, como recorrido por ondas eléctricas.

Viéndolo, un hombre maduro y silencioso, con una blanca blusa de médico, que se encuentra a nuestro lado, aparta su cigarro de la boca y en un susurro, como hablando consigo mismo, exclama sobriamente:

-- ¡Pobre Cuba, en manos de este payaso!

Gabo y yo miramos con risueño escándalo. Siempre hemos pensado que aquel hombre debió ser el primer en marcharse hacia Miami.

Pero su caso es una excepción. Todo el mundo en aquel momento es fervorosamente fidelista. Hasta las putas. No sólo las estridentes mulatas que llaman a los peatones a gritos (“Oye, papi, ven acá”), desde las ventanas y puertas del barrio Colón, sino las bellas putas de lujo de La Habana de entonces, de cinturas de avispa y amplias caderas, mujeres ceñidas, perfumadas, resplandecientes, que uno encuentra en los bares de la Rampa, en el Capri o el hotel Nacional, donde todavía flota en el aire el aroma de los cigarros y del dinero gastado a manos llenas, y el rumor de las ruletas de la noche, girando.

Las putas nos rodean al ver en nuestras solapas las credenciales de periodistas venezolanos (el país que ayudó con armas al triunfo de la revolución), y en vez de aceptarnos un whisky, nos lo ofrecen ellas, hablando al tiempo con sus claras, altas, vibrantes voces cubanas.

En la penumbra de acuario de El Mambo, en la carrera de Rancho Boyeros, se sientan en las altas butacas setenta mujeres muy bellas y también allí se produce el revuelo de sedas y gritos en torno nuestro.

Las putas nos llevan hacia otra mesa donde encontramos, también rodeado de mujeres, nada menos que a Errol Flynn, el actor de cine de los matinales de mi infancia que yo veía, florete en mano, batiéndose con los piratas en el puente de un velero.

Hablamos con él en francés: mierda, también Flynn es fidelista.

Todo el mundo. Fidel es libertad.

Pero en medio de este carnaval de la revolución triunfante, como notas oscuras que hicieran contrapunto al tema vibrante de una sinfonía, tribunales revolucionarios juzgan sumariamente y envían al paredón a agentes batistianos, atrapados aquí y allá.

Colegas nuestros que vienen de las provincias del centro y de oriente han visto, en plazas y cuarteles de perdidos caseríos, hirvientes de sol, en medio de los cañaverales, docenas de fusilamientos.

El inspector de policía de Santa Clara, un hombre pequeño, robusto, de pelo gris, se ha quitado tranquilamente el sombrero delante del pelotón de fusilamiento compuesto por jóvenes barbudos, y antes de que suene la descarga, ha gritado:

-- Ahí tienen su revolución, muchachos. No la pierdan…”

 

*****

 

Un abanico claroscuro, suscitado por el poder de Fidel Castro, muerto la noche del último viernes, ha influido durante el último medio siglo en la literatura latinoamericana, que ha tenido entre sus mejores exponentes a Alejo Carpentier, Lezama Lima, Cabrera Infante, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas, Eliseo Alberto, Leonardo Padura, Wendy Guerra, Pedro Juan Gutiérrez, entre muchos otros.

Esta vez, me he permitido transcribir al pie de la letra quizá desconocidos momentos de la presencia de Gabriel García Márquez en la Cuba de Fidel Castro. Los cuenta el reconocido escritor Plinio Apuleyo Mendoza, amigo y compadre de Gabo, en su libro "Un García Márquez desconocido". Una segunda entrega de esta columna dirá el porqué de Gabo a la revolución socialista cubana y el porqué de la decepción de Plinio Apuleyo a esta.

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