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Fidel y un Gabo desconocido II

Diciembre 11, 2016
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En la columna anterior transcribí desconocidos momentos de Gabriel García Márquez en la Cuba de Fidel Castro. Los cuenta el escritor Plinio Apuleyo, amigo y compadre de Gabo, en su libro "Un García Márquez desconocido" (Aquellos tiempos con Gabo) (2009). Esta nueva y final entrega, ya sepultadas las cenizas de Fidel, dice el por qué de Gabo a la revolución socialista cubana y el por qué de la decepción de Plinio Apuleyo a esta; más en lo que se refiere a periodismo y literatura.

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“Si la posición de Cortázar era más bien previsible, la asumida por Gabo era un enigma. Gabo había observado como yo de muy cerca la evolución sufrida por la revolución cubana y en particular, la manera como el espíritu estrecho y dogmático del partido –que virtualmente nos había expulsado de Prensa Latina diez años atrás— en vez de desaparecer o disminuir, había invadido como un cáncer todo el organismo estatal.

Sabíamos por Franqui que los servicios de seguridad organizados con la asesoría de soviéticos, eficaces en el manejo de los interrogatorios y en la manipulación psicológica de los detenidos, explicaban de sobra los procedimientos utilizados con Padilla (Heberto, escritor disidente).

Con estos indicios previos, lo ocurrido con Padilla podía explicarse sin necesidad de mayores averiguaciones. De ahí que la prudencia de García Márquez me desconcertara.

A me parecía evidente que Padilla había sido castigado por su locuacidad y por su impertinencia, dos rasgos que poco a poco, con la evolución del régimen, iban convirtiéndose en delitos contrarrevolucionarios. Muchos no creían que Padilla estuviese comprometido en alguna suerte de conspiración, ni que fuera promotor de un movimiento disidente. El suyo era un simple delito de opinión, de esos que un régimen comunista no suele tolerar.

Yo tenía la impresión de que la carta que me había enviado Gabo dejaba muchas explicaciones en la sombra y que tarde o temprano el enigma de su posición sería despejado. En efecto, al volver a Barcelona, después de una larga temporada en el Caribe, me llamó de inmediato por teléfono anunciándome su venida a París. Para hablar, dijo.

En cuanto entró en el apartamento que ocupábamos en la rue de Rome y vio a mi mujer, la cara que ella le puso, alzó los brazos con humor:

-- No me vayas a regañar por lo de Padilla—le dijo. Y ella, caribe como él, irreverente, sin poder guardarse nada para misma: -- Claro que te regaño, Gabito. Lo que hiciste es el colmo. Él se echó a reír. -- Marvel –dije yo--, déjale a Gabo tiempo de llegar. Tenemos que hablar muy largo con él.

Cenamos juntos durante tres noches hablando siempre obsesivamente de Cuba y del caso Padilla, sin poder ponernos de acuerdo. Por primera vez.

Gabo puso honestamente sus cartas sobre la mesa, sin guardarse ninguna en la manga.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y yo creo comprender hoy mejor sus razones aunque no las comparta. En aquel momento él no conocía a Castro, de modo que no mediaban en sus opiniones de entonces razones de amistad. En última instancia, pese a todo, Gabo consideraba muy positivo el balance de la revolución cubana y no le parecía mejor el de nuestros países, corroídos por la desigualdad, la miseria y el clientelismo político.

Continuaba persuadido de que esta revolución había logrado grandes conquistas en el campo de la salud y de la educación. Podía haber errores, accidentes de ruta, pero oponerse a esta experiencia era, según él, injusto.

Naturalmente que yo no compartía esta visión. Soy buen amigo de muchos exiliados cubanos, mi filosofía política es liberal y no marxista como en los tiempos de mi juventud; he dejado de ser un hombre de izquierda y pienso que el delito contrarrevolucionario tan severamente castigado en Cuba equivale a un delito de opinión propio de un régimen totalitario.

Creo que el balance de la revolución cubana es catastrófico. Mientras que Gabo, como muchos otros intelectuales de izquierda, piensan exactamente lo contrario.

Son tan opuestas nuestras ideas al respecto, que nos hemos acostumbrado a no tocar el tema, salvo por un ocasional intercambio de bromas.

Pero sabemos ambos que se puede ser buenos y viejos amigos sin compartir necesariamente las mismas ideas políticas; y si faltasen ejemplos, yo citaría el caso de un gran amigo de Gabo, también colombiano y también escritor: Álvaro Mutis. Un hombre estupendo que tranquilamente se define como monárquico.

García Márquez no es de ninguna manera hoy en día un simpatizante ortodoxo del régimen cubano, como hay tantos otros en América Latina.

Su amistad personal con Castro le ha permitido intervenir con eficacia para obtener la libertad de un gran número de presos políticos. Tres mil doscientos, al parecer.

Gracias a él, a Gabo, Heberto Padilla pudo salir de Cuba. Padilla lo llamó al hotel donde se alojaba, en La Habana. Lo vio. Solicitó su ayuda; la obtuvo. No obstante, el senador Edward Kennedy apareció en un momento dado como el inspirador de las gestiones que permitieron a Padilla viajar a Estados Unidos. Padilla sabe perfectamente que no fue así. También García Márquez tuvo una intervención decisiva –me consta— en la libertad de Armando Valladares, y más recientemente del escritor Norberto Fuentes.

Tengo razones para decirlo. De Roma –donde vivía en mi condición de embajador de Colombia— llamé a Gabo por teléfono pidiéndole ayuda en este último caso. Gabo obtuvo del gobierno mexicano un avión, voló a La Habana y regresó a Ciudad de México con Norberto Fuentes, sin que a este último se le haya impuesto ninguna clase de condiciones.

Pienso a veces que si fuese posible un proceso de liberalización del régimen cubano (cosa que sin embargo pongo en duda), García Márquez podía jugar en ese sentido un papel importante.

De hecho, él ha facilitado encuentros y diálogos de Castro con presidentes democráticos de América Latina buscando una apertura. ¿Ilusiones suyas? ¿Pasos hacia una nueva realidad? La respuesta solo podrá darla el futuro.

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