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Llorar sobre la lluvia derramada

Marzo 18, 2017
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El domingo 12 último, Miguel García Puémape, un experto ingeniero hidráulico, que estudia los avances meteorológicos de los últimos tiempos, advirtió "Tormentas" para ese día, continuas lluvias tipo tropicales, vale decir con intensidad torrencial. Estas lluvias, decía, son de probabilidades entre 50% y 90%, mucho más fuertes que las del Día de los Enamorados en febrero de 1998.

Agregaba, asimismo, que, suponiendo optimistamente un 50% de probabilidad de ocurrencia del evento, entonces habría esa noche del domingo una inundación en toda la regla acumulada durante seis horas de lluvia intensa, con los consecuentes perjuicios sobre los servicios de electricidad, transporte, agua potable y alcantarillado, este último gravemente dañado.

Conociendo las predicciones que a nivel técnico ha formulado con anterioridad el amigo García Puémape (acaba de decirnos que estos cambios climáticos quedarán para siempre), a eso de las 4:00 de la tarde compartí su advertencia en una nota para mi columna “Cuestión de Díaz”, de la página Lamula.pe y de inmediato la participé en el Facebook y el Twitter. Muchos ciudadanos se asombraron; otros agradecieron la advertencia para ponerse a buen recaudo. Pero, minutos después, me sorprendió el comentario de un periodista local, que respondió mi tuit con esto: “no hay riesgos de inundación no alarmemos a la población no seas amarillo”.

Pasaron las horas y en la noche del domingo se desató la lluvia cuya intensidad se prolongó hasta el amanecer del lunes 13 y que inundó de nuevo todo Chiclayo y sus distritos.

Y allí rememoré las intensas lluvias que pasé en mi labor periodística.

La lluvia del 14 de febrero de 1998 me encontró ya no realizando labores reporteriles. Trabajaba en mesa de redacción de La Industria. Era sábado, mi día de descanso y quería aprovecharlo. Pero la precipitación se vino cuando estaba a punto de salir para celebrar el Día de los Enamorados. Vi, impotente, discurrir los chorros de agua y escuchar las noticias, mientras extraía los baldes del líquido empozado en el pequeño patio de mi vivienda. 

Pero esto no fue óbice para volver a mis fueros periodísticos cuando el 1 de marzo de ese año colapsó el puente de Reque. Nos multiplicamos para reportear tan lamentable aunque importante acontecimiento. Fue impresionante ver cómo el incremento en el caudal del río había deteriorado las bases de la infraestructura y motivado que se viniera abajo.

Y aquí recordé las descargas pluviales de 1983, que como periodista de la televisión cubría con el agua al cuello. Yo reportaba sosteniendo el micrófono y los cables en alto. Mi camarógrafo, también con la filmadora en alto, recogía las terribles imágenes de los sectores marginales de la ciudad y de los distritos de Lambayeque hasta donde pudimos llegar. Acompañamos entonces al presidente, Fernando Belaúnde, a recorrer las zonas destrozadas y cuyas poblaciones aún carecían de un buen sistema de apoyo de la Defensa Civil y donde el ejército tuvo que intervenir.

Aún no transmitíamos por satélite. Enviábamos el video a Lima para que, luego de emitirlo desde Chiclayo, se propalara a nivel nacional. Las fotografías eran aún en blanco y negro y mi amigo, el fotógrafo Teófilo Quiroga, que hizo las mejores fotos del momento, sobrevoló toda esta zona inundada y devastada en su infraestructura, como el destruido puente de Ciudad Eten, que durante muchos años había soportado el diario transitar de los carromatos del tren al puerto y todos los embates de la naturaleza habidos.

Hoy lo rememoro porque todavía no podíamos predecir --como sí pasa en estos días y gracias a la tecnología--, en qué momento los nubarrones producirían chubascos o lluvia torrencial, como los que se han dado este año.

Durante los últimos cinco siglos se han presentado en la costa norperuana once eventos hidrometeorológicos extraordinarios, tras la gran alteración climática de 1925. Desde entonces, ya se sabía que esta zona permanecería desprotegida por la constante presencia del Fenómeno “El Niño”.

Esto quiere decir que, desde 1925 hasta “El Niño” de 1983, transcurrieron 58 años, sin que nadie en los altos niveles del poder --al menos en cuanto a la provincia de Chiclayo--,  planificara las alcantarillas para una moderna ciudad, como suelen tenerlas las grandes capitales del mundo.

De 1983 a 1998 pasaron otros 15 años y se siguió llorando sobre la leche derramada. Por el contrario, entre la empresa prestadora de los servicios de agua y la municipalidad de Chiclayo hubo una incompetencia que terminó por acostumbrar al poblador a que en cualquier momento y en cualquier lugar, las calles de nuestra querida ciudad tuvieran forados de los que emanara el agua potable o el desagüe.

De 1998 al 2017, sumaron 19 los años perdidos para elaborar un proyecto que por lo menos hubiera podido menguar el desastre –y de paso el asco— en que se encuentra toda la ciudad.

En total, de 1925 al 2017, son 92 años en que se pudo prever la planificación no solo de Chiclayo sino de toda la región Lambayeque.

Y no es que el actual alcalde, David Cornejo Chinguel no tenga culpa alguna. Sí la tiene, pero creo sinceramente que está en otra. A pesar que hoy, después de que la ciudad se ha venido abajo, elabora proyectos millonarios que ojalá se cristalicen y no pasen otros cien años de espera.

Cuando se publica esta nota se está a punto de realizar una marcha que hace tiempo debió hacerse. Será para otro comentario.

Mientras tanto, me preguntaba: ¿Ese periodista que minimizó el trabajo técnico de última generación del ingeniero García Puémape y la difusión inmediata que hice, estará con su escoba botando agua de su casa o de su frontera y se lamentará no haber contribuido a informar de lo que se venía? Y es que ahora sí se puede informar a tiempo, siempre y cuando se acuda a expertos que ayuden al comunicador a interpretar una información. Para eso también es el periodismo.

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