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Lambayeque bajo la invasión chilena

Julio 20, 2016
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Mientras camino sobre un piso de madera, observo nuestra bandera bicolor colgada en una pared que cubre casi por completo

Cindy López

Mientras camino sobre un piso de madera, observo nuestra bandera bicolor colgada en una pared que cubre casi por completo. Es la bandera que flameó en el morro de Arica como muestra de honor y resistencia ante la invasión chilena. Prosigo caminando y me encuentro con el sable que portó Francisco Bolognesi, el dueño de la casa en la que me encuentro.  El sentimiento de gratitud invade, así como él muchos valerosos peruanos dieron lo mejor de sí para soportar tiempos de guerra.

Esta hermosa casa colonial está en el centro de Lima, pero pocos la conocen. Casi todo nuestro país tiene algún relato que contarnos en torno a este hecho histórico, porque nos ha marcado como nación y Lambayeque no ha sido la excepción.

El departamento de Lambayeque en el siglo XIX estuvo comprendido por las provincias de Chiclayo y Lambayeque. Tres años antes de la guerra tuvo 86 838 habitantes (Facundo, s.f.), entre los nacidos en la tierra del loche y extranjeros –italianos, ingleses, estadounidenses y muchos otros– que hallaron en el norte del Perú un hogar. 

Los días en Lambayeque y en Chiclayo no parecían tener algún sobresalto hasta que, un 8 de abril de 1879, la sombra de la guerra los cubrió. Ante hechos de peligro no debían faltar planes de protección y defensa.

El Concejo Provincial de Chiclayo anunció la formación de una guardia, los ciudadanos que estaban de acuerdo se comprometieron a pagar de forma mensual una cantidad para que esta permanezca activa durante el tiempo de guerra. Se defendería el departamento, pero si era necesario se le emplearía para la defensa nacional. 

Sin embargo, las buenas intenciones no fueron suficientes. Esta guardia no tuvo el éxito que se esperó pues se enfrentó a varias dificultades: carencia de subvención económica,  desorganización y escasa preparación militar. 

Con aquella débil defensa sorprendieron las fuerzas chilenas en 1880. Del 24 de setiembre al 14 de octubre del mencionado año, empezó la primera ocupación chilena a Lambayeque, tras la toma de Lima, el Callao y la captura del Huáscar sentían suyo el país.

Solf, un inmigrante, nunca olvidó la fuerte impresión de ver a Chiclayo envuelto en la completa oscuridad. A pesar de ser las nueve de la noche, no encontró ningún farol encendido salvo las puertas y ventanas de las casas que aún ardían por causa de las tropas sureñas. La Prefectura se hallaba ocupada por la Comandancia de Chile y el Cabildo sirvió de refugio para las tropas invasoras (Gómez, 2010).

Sin embargo, en medio de aquel lúgubre panorama, la Guardia Urbana –conformada por extranjeros residentes en Lambayeque– aún la defendían. El gobierno local para su conformación razonó que al no ser nacionales los chilenos los respetarían.

En este grupo destacó Alfredo Lapoint, durante los primeros 11 días de invasión chilena asiló a seiscientas personas brindándoles arroz, carne, pan y leña. Además, se preocupó por cuidar los bienes que la Iglesia le encargó y de algunas familias ricas.

Pero Alfredo Lapoint fue más allá de cobijar a nacionales.  Al ver que los centros culturales de Chiclayo eran destruidos por los mapochos, apeló a su amistad personal con el capitán chileno Lynch para evitar el incendio del teatro, el hospital y los colegios San José y Nuestra Señora de la Concepción.

Por eso, al fallecer en 1892 su familia decidió enterrarlo en el antiguo cementerio de Chiclayo, en la actual urbanización Patazca, y luego fue trasladado al cementerio “El Carmen”, exactamente en el cuartel San José de Tarbes, en donde reposa hasta la fecha.

Si bien el estadounidense logró salvar de la destrucción al colegio San José, en este local ya no se pudo impartir clases pues fue clausurado. Sus instalaciones sirvieron de cuartel para las fuerzas chilenas. Igual destino sufrieron muchas instalaciones educativas alrededor del país, por ejemplo, ciertas aulas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (ubicada en esos años en el centro de Lima) fueron utilizadas como caballerizas.

La segunda ocupación chilena se dio del 12 de abril de 1881 hasta el 26 de julio de 1883. Esta trajo consigo el estancamiento de la economía departamental.

Una vez asentados los chilenos en el Perú se les presentó un problema fundamental: ¿cómo solventar su presencia en tierras peruanas? Frente a esto se anunció que los ciudadanos darían “contribuciones” de guerra, es decir, el pago de impuesto. Si los peruanos pagaban se les aseguraba el orden, garantía para el trabajo y protección para la industria y el comercio  (Mc Evoy, 2006). 

Patricio Lynch, jefe del ejército de ocupación en el Perú, estaba al tanto de aquellos impuestos. Recibió entre enero y marzo de 1883 informes redactados por el director fiscal, Bernardo Irarrázaval, sobre los gastos en las guarniciones chilenas en Huacho, Chimbote, Trujillo, Pacasmayo, Chiclayo, Paita e Ica. 

En el caso chiclayano la manutención anual de 851 chilenos le costó 1 200 000 pesos. Si las personas que aparecían en la lista de “contribuyentes” no pagaban eran amenazadas con la destrucción de sus propiedades,  en un valor 3 veces más a lo que les correspondía.

Los efectos de la guerra, en forma de cupo para la manutención de las tropas, fueron asumidos en su gran mayoría por el sector agrario, en segundo lugar por los pueblos campesinos de la provincia y, por último, los contribuyentes urbanos. 

En el sector agrario los ingenios azucareros más famosos de Chiclayo (Tumán, Pucalá, Pátapo, Pomalca, Almendral, Cayaltí) fueron amenazados a pagar.

Estas acciones se convirtieron en un puñal certero a la industria lambayecana. De los aproximadamente 22 ingenios azucareros que existían antes de la Guerra del Pacífico, para el s. XX, sólo operaban dos. (Klarén, 1970).

Cuando las tropas chilenas arribaron a la zona norte, la industria azucarera luchaba por superar la crisis del sector guanero (la cual les brindaba crédito).  La guerra terminó por empeorar la situación. Las tropas invasoras incendiaron numerosas haciendas, ocasionado así la completa destrucción de la industria hacia 1882. (Klarén, 1970, pág. 64).  Reflotarlas resultó una labor gigante, el precio del azúcar bajó, no había crédito, la industria se enfrentó a cambios tecnológicos. Sólo pudieron superar la crisis los hacendados norteños con más recursos y mirada avizora.

Asimismo, otro grupo que también sintió los golpes de la guerra fue el conformado por los campesinos, pues sufrieron la transferencia forzada de su propiedad. Por ello, muchos de ellos entre los años de 1873 y 1874 se dedicaron al autoconsumo o a la venta en el mercado de Chiclayo, dentro de un sistema de producción de autosubsistencia. Este sector "campesino indígena" estaba ubicado en las ramas Cois, Chilape, Yortuque y Pulén. (Gómez, 2010).

Si bien los lugareños tuvieron mayores obstáculos que afrontar, muchos comerciantes extranjeros tuvieron mayor suerte. Lograron fortalecer su poderío económico porque su nacionalidad les aseguró cierta salvaguardia. 

Al término de la guerra, Lambayeque en su conjunto y todo el pueblo peruano tuvieron que reponerse pues la vida continuaba y la patria exigía hombres valientes para la reconstrucción nacional. Pero la reconstrucción no es sólo volver a construir edificios derruidos, reflotar la economía o poner nombres de los héroes a las calles, es también recordar y emular a todos los hombres que lucharon por nuestra defensa, es seguir luchando por un Perú que busque la igualdad y respeto entre los hombres bajo un clima de paz.


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